Una tasca sevillana de las de siempre, donde el mejor producto del mar se disfruta de pie, entre barra, tradición y el recuerdo imborrable de Manolo Pérez En una ciudad como Sevilla, donde el tapeo forma parte de la vida diaria y comer bien no siempre significa mantel blanco ni grandes salones, existen lugares que conservan la esencia más auténtica de la gastronomía local. La Trastienda es uno de ellos. No es un restaurante al uso, ni pretende serlo. Es una tasca sevillana de las de verdad, de barra viva, de bancos altos, de comer de pie entre conversaciones cruzadas y de producto que habla por sí solo. Ubicada en pleno centro, en una de esas calles donde el bullicio nunca desaparece, La Trastienda se ha convertido en parada obligatoria para quienes saben que el mejor marisco muchas veces no se sirve en grandes comedores, sino apoyado en una barra, con una copa fría al lado y el sonido constante de platos entrando y saliendo. Aquí no hay formalidades innecesarias. La experiencia empieza desde que uno entra y se encuentra con el género a la vista: gambas blancas, cigalas, almejas, ostras, berberechos, cañaíllas, percebes y carabineros que imponen solo con mirarlos. Todo gira alrededor del producto fresco, del marisco bien tratado y de esa cocina que entiende que lo importante no es adornar, sino respetar. La Trastienda tiene ese aire de sitio que no necesita presentación. La gente entra, pide, comenta, recomienda y vuelve. Muchos ni siquiera miran la carta porque ya saben a qué vienen. Y casi siempre hay una respuesta común: el famoso carabinero con foie. Ese plato se ha convertido en una especie de emblema no escrito del local. Quien lo prueba lo recuerda, y quien escucha hablar de él acaba viniendo a comprobar si realmente merece tanta fama. La respuesta suele ser rápida. El carabinero llega con toda la potencia de su sabor intacta, cocinado con el punto exacto para mantener esa textura firme y jugosa que lo convierte en una de las grandes joyas del marisco. Sobre él aparece el foie, una combinación que al principio sorprende, pero que termina resultando absolutamente lógica cuando se prueba. El contraste funciona porque está medido con inteligencia. El foie no tapa ni roba protagonismo; simplemente acompaña. Se funde con el calor, aporta cremosidad y una profundidad distinta, haciendo que el sabor del carabinero se alargue todavía más en boca. Es una mezcla intensa, elegante y muy difícil de olvidar. No es un plato para comer con prisa. Aunque el ambiente sea de tasca y la barra esté llena, ese momento obliga a detenerse. Es uno de esos bocados que justifican una visita y que explican por qué tanta gente habla de este lugar como un pequeño templo gastronómico escondido en el centro de Sevilla. Pero La Trastienda no vive solo de ese plato. También brillan las gambas recién cocidas, las coquinas, las anchoas de gran tamaño, el bogavante a la plancha y el atún tratado con enorme respeto. Todo responde a la misma filosofía: menos cocina de espectáculo y más verdad en el producto. Parte de su encanto está precisamente en eso. No hay postureo gastronómico ni ambiente de restaurante de diseño. Hay barra, ruido, gente apoyada con su cerveza, platos que salen rápido y esa sensación tan sevillana de que lo mejor sucede en los sitios donde menos se aparenta. Incluso sentarse forma parte de esa identidad. Aquí se come muchas veces de pie, o en uno de esos bancos altos donde la conversación con el de al lado surge sola. No es una cena larga de protocolo; es una experiencia mucho más viva, más directa y más auténtica. En una ciudad donde abundan los lugares pensados para el turista, La Trastienda conserva ese valor cada vez más raro: parecer un sitio de siempre. Un lugar donde el cliente vuelve por el sabor, no por la foto. Y entre todo ese ritual de barra, marisco y vino bien servido, hay un rey indiscutible: el carabinero con foie. Un plato que resume perfectamente lo que es esta casa: producto serio, sabor sin artificios y la certeza de que, a veces, el mejor lujo de Sevilla se disfruta simplemente de pie, apoyado en una barra. Es imposible hablar de La Trastienda sin recordar a Manolo Pérez, su fundador, un hombre querido y respetado que dejó una huella imborrable en la gastronomía sevillana. Más allá de crear una de las tascas más emblemáticas de la ciudad, Manolo fue una gran persona, cercana, generosa y apasionada por el buen producto, alguien a quien muchos tuvimos un enorme cariño y cuya ausencia todavía se nota entre quienes conocieron su forma de entender la hostelería. Sevilla le debe mucho por el legado que dejó: un lugar auténtico, sin artificios, donde el marisco y la barra siguen teniendo alma propia. Y también es justo reconocer a Manuel Fuentes Naranjo, por haber sabido mantener y gestionar ese legado con inteligencia, esfuerzo y respeto, incluso en los momentos más difíciles, conservando intacta la esencia que convirtió a La Trastienda en una referencia imprescindible. Robos, peleas y miedo al volver a casa: vecinos de Triana, Nervión y Los Remedios piden más vigilancia Navegación de entradas El Radisson Collection Hotel, Magdalena Plaza Sevilla celebra la Feria de Abril con una cena temática abierta al público Dónde Comer en Sevilla: El Espigón, Referente en Mariscos, Pescados y Cocina de Calidad