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Del Puente del Centenario al Alamillo, moverse por Sevilla se ha convertido en una prueba diaria de paciencia que consume tiempo, dinero y salud

Entrar, salir o simplemente cruzar la ciudad ya no depende de la distancia, sino de la suerte y de cuánto aguante tenga cada conductor

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Hay una escena que se repite cada mañana en Sevilla y que ya forma parte de la rutina de miles de personas: mirar el reloj dentro del coche, avanzar diez metros y asumir que llegar puntual es poco menos que un acto de fe. El tráfico en la ciudad ha dejado de ser un problema puntual para convertirse en una forma de vida. Y si hay un símbolo perfecto de ese colapso diario, ese es el Puente del Centenario.

Cada mañana, la SE-30 se convierte en una interminable fila de vehículos atrapados antes incluso de que amanezca del todo. El conocido Puente del V Centenario soporta desde hace años una presión brutal de tráfico. Se calcula que por este punto circulan más de 100.000 vehículos al día, una cifra que hace tiempo superó la capacidad para la que fue concebido. Lo que en su momento fue una gran infraestructura hoy funciona como un embudo permanente.

Y a esa saturación histórica se suma otro ingrediente que ha terminado de desesperar a los conductores: las obras.

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La ampliación del puente y la sustitución de sus tirantes comenzaron en 2021 con la promesa de mejorar la circulación añadiendo un tercer carril por sentido y reforzando una estructura que llevaba años al límite. Sobre el papel era una obra necesaria. En la práctica, para el ciudadano, se ha convertido en una sensación continua de trabajos eternos, avances invisibles y una pregunta que cada vez suena más fuerte: ¿esto cuándo termina?

Estamos en 2026 y la percepción general sigue siendo la misma: la obra no tiene pinta de acabar pronto. Carriles estrechos, limitaciones, cortes y retenciones forman ya parte del paisaje habitual. Y cada pequeño incidente convierte la SE-30 en un aparcamiento al aire libre.

Pero el caos no termina por la mañana.

Al mediodía, el problema cambia de dirección y apunta directamente al Aljarafe. La salida de Sevilla se convierte entonces en otra batalla. Las colas en sentido Aljarafe son ya una imagen diaria y en muchos momentos las retenciones llegan mucho más allá de la salida de Montequinto, dejando completamente bloqueada buena parte de la SE-30.

Salir de la ciudad puede ser incluso peor que entrar.

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Especialmente en la zona del Alamillo, donde miles de conductores que regresan hacia Camas, Tomares, Castilleja, Mairena, Bormujos, Gines o San Juan viven cada tarde la misma desesperación. La ida hacia Sevilla desde el Aljarafe ya es complicada, sí. Pero la vuelta es directamente agotadora.

Un trayecto de apenas 16 kilómetros puede convertirse fácilmente en una hora completa dentro del coche. Y si además es viernes, más vale armarse de paciencia, porque el atasco deja de ser una posibilidad para convertirse en una certeza absoluta.

Muchos conductores coinciden en lo mismo: no solo faltan infraestructuras, también falta gestión.

Los semáforos en puntos clave no priorizan el flujo real del tráfico en horas punta. En accesos como el Alamillo o conexiones con la SE-30, cientos de coches permanecen detenidos durante minutos mientras otras vías con mucho menos volumen siguen teniendo el mismo tiempo de paso. No parece una ciudad gestionando su tráfico, sino soportándolo.

La lógica sería sencilla: si sabemos dónde están los grandes flujos de entrada y salida, esos puntos deberían tener prioridad semafórica. Más tiempo en verde, mejor sincronización y sistemas adaptados a la realidad diaria. No hace falta inventar nada nuevo, solo aplicar sentido común.

A esto se suma otra ausencia que muchos ciudadanos señalan cada día: la falta de presencia visible de Policía Local regulando el tráfico en momentos críticos. En puntos donde una simple intervención manual podría agilizar muchísimo la circulación, la sensación general es de abandono. Rotondas colapsadas, incorporaciones imposibles y cruces saturados que terminan funcionando solos… o mal.

Y por encima de todo, una realidad imposible de ignorar: hay demasiados coches.

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Sevilla y toda su área metropolitana han crecido mucho más rápido que su movilidad. El Aljarafe depende enormemente del vehículo privado porque el transporte público sigue sin ofrecer una alternativa suficientemente rápida, directa y eficaz para miles de trabajadores. El coche no es una opción, es una obligación.

Cuando toda una ciudad depende del coche y las infraestructuras no responden, el colapso no es un accidente: es el sistema.

Desde Sevilla Vibes creemos que esto ya no es una simple queja de conductores. Es un problema serio de calidad de vida. Tiempo perdido cada día, estrés constante, combustible desperdiciado, contaminación y una ciudad donde desplazarse se ha convertido en una fuente permanente de frustración.

No puede ser normal tardar más en cruzar Sevilla que en llegar desde otra provincia.

No puede aceptarse como rutina perder una hora para recorrer 16 kilómetros.

Y no puede seguir pareciendo lógico que una obra iniciada en 2021 siga hoy marcando la vida diaria de toda una ciudad sin que nadie sepa realmente cuándo dejará de hacerlo.

Sevilla no necesita solo más carriles.

Necesita decisiones.

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Por Miguel Angel Jimenez

Miguel Ángel Jiménez es redactor y fundador de Sevilla Vibes, medio digital especializado en la actualidad de Sevilla. Cubre noticias de última hora, sucesos, cultura y temas de interés con un enfoque directo, claro y cercano.

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