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Escribo este artículo, antes que nada, porque soy católico. Precisamente por eso me duele tener que escribirlo. No lo hago contra la Iglesia, sino desde el respeto y el cariño que siento por ella, porque quien ama de verdad también tiene la obligación moral de señalar aquello que considera un error.

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Hace unos meses publiqué una reflexión sobre este mismo asunto en otro medio de comunicación —compartiré el enlace al final de estas líneas—, pero lejos de perder actualidad, el problema continúa ahí, quizá incluso con más fuerza. Y siento que callar sería mucho más cómodo, pero también mucho menos honesto.

Creo en una Iglesia que abre sus puertas antes que sus cajas, que recibe al pecador antes que al turista y que entiende que su primera misión no consiste en administrar un patrimonio artístico, por extraordinario que sea, sino en anunciar el Evangelio de Jesucristo. Precisamente porque creo en esa Iglesia me cuesta aceptar que haya templos donde la primera imagen que recibe quien desea entrar no sea un crucifijo, un altar o el silencio propio de un lugar sagrado, sino una taquilla y una tarifa.

Y quizá todo esto tenga un significado especial porque sucede precisamente en Sevilla. Si esta situación se produjera en cualquier otra ciudad ya sería motivo suficiente para la reflexión, pero ocurre en una tierra que presume —con razón— de vivir el cristianismo como pocas en el mundo. Yo estoy convencido que el Papa León no vino a Sevilla porque Dios ya vive aquí. En Sevilla tenemos el orgullo de una ciudad que ha hecho de sus iglesias, de sus hermandades y de su Semana Santa una forma de entender la vida. Precisamente por eso la contradicción resulta mucho más dolorosa. Porque si existe un lugar donde nadie debería tener la impresión de que la casa de Dios comienza por una taquilla, ese lugar es Sevilla.

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Fue el propio Jesucristo quien dejó meridianamente clara su postura cuando entró en el templo de Jerusalén y encontró un espacio que había dejado de parecer un lugar de oración para convertirse en un mercado. Entonces volcó las mesas de los cambistas, expulsó a los mercaderes y pronunció unas palabras que han atravesado veinte siglos sin perder un ápice de actualidad: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones.» Es imposible leer ese pasaje sin preguntarse qué pensaría hoy Cristo al contemplar determinadas situaciones que, aunque diferentes en su contexto histórico, invitan inevitablemente a la reflexión.

Nadie discute que conservar un patrimonio como la Catedral de Sevilla o la Iglesia Colegial del Divino Salvador cuesta muchos euros. Restaurar cubiertas, limpiar retablos, reparar órganos históricos o mantener edificios con siglos de historia exige recursos económicos importantes. Sería absurdo ignorarlo. Tampoco pretendo cuestionar el esfuerzo que realizan tantas personas para preservar un legado artístico que pertenece no solo a los sevillanos, sino a toda la humanidad. La cuestión no es esa. La cuestión es otra mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más profunda: ¿hasta qué punto una iglesia puede funcionar como un monumento turístico sin dejar de ser, ante todo, una casa de Dios?

Porque la sensación que recibe quien llega por primera vez no siempre es la de estar entrando en un templo. En muchas ocasiones lo primero que encuentra es un mostrador, un control de acceso y el precio de una entrada. Después vendrán las bóvedas, las capillas y el silencio, pero el primer mensaje ya ha sido otro. Quizá sea inevitable desde el punto de vista organizativo, pero no deja de producir una cierta incomodidad en quien entiende que la Iglesia debería distinguirse precisamente por ofrecer aquello que el mundo no vende: acogida.

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Resulta llamativo que un residente de la Archidiócesis pueda acceder gratuitamente acreditando su condición mientras que un visitante de cualquier otro lugar de España o del extranjero deba pagar durante el horario de visita cultural. No cuestiono que existan horarios destinados exclusivamente al culto ni las normas establecidas por quienes administran estos espacios. Lo que me pregunto es qué imagen proyecta la Iglesia cuando el acceso a un templo depende, en la práctica, de circunstancias ajenas a la fe. Dios nunca preguntó el lugar de nacimiento de quien acudía a Él. El Evangelio jamás distingue entre vecinos y forasteros. Cristo acogía por igual al judío, al samaritano, al romano y al extranjero. Su mensaje nunca estuvo condicionado por una frontera ni por una residencia.

Hay otro aspecto que merece igualmente una reflexión serena. Todos entendemos que un lugar sagrado exige unas normas mínimas de respeto en la vestimenta. Nadie discute la necesidad del decoro. Sin embargo, cuando en pleno verano sevillano, con temperaturas pasan los cuarenta grados, algunas visitantes descubren que no pueden acceder con la ropa que llevan y la solución pasa por adquirir, pagando, una prenda para cubrirse, es inevitable preguntarse si la imagen que se transmite responde realmente al espíritu de acogida que caracteriza al cristianismo. No se trata de discutir las normas, sino de pensar cómo las percibe quien cruza por primera vez la puerta de una iglesia.

Mientras tanto, basta alejarse unos metros de los grandes circuitos turísticos para descubrir decenas de parroquias donde cualquiera puede entrar libremente, sentarse en un banco, rezar, encender una vela o permanecer unos minutos en silencio sin que nadie le pregunte quién es ni cuánto dinero lleva encima. Allí no existen entradas, ni colas, ni horarios de visita monumental. Solo existe una iglesia abierta. Y quizá esa sencillez explique mucho mejor el espíritu del Evangelio que cualquier discurso sobre evangelización.

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Vivimos tiempos en los que la Iglesia se pregunta cómo acercarse a los jóvenes, cómo recuperar a quienes se alejaron de la fe o cómo volver a ser relevante en una sociedad cada vez más secularizada. Son debates legítimos y necesarios. Pero quizá convendría empezar por una cuestión mucho más sencilla: preguntarse qué impresión recibe una persona que entra por primera vez en un templo católico. Porque la primera impresión, muchas veces, permanece para siempre. Y sería una pena que alguien abandonara una iglesia recordando antes el precio de una entrada que la belleza del mensaje que allí debería encontrar.

No escribo estas líneas para polemizar. Mucho menos para atacar a la Iglesia, porque sería atacar aquello en lo que creo. Las escribo porque estoy convencido de que la inmensa mayoría de los sacerdotes, religiosos y fieles comparten el deseo de que nuestros templos sigan siendo lugares donde cualquiera pueda sentirse recibido. La Iglesia ha sobrevivido veinte siglos porque siempre ha sabido rectificar cuando era necesario y porque su verdadera fortaleza nunca estuvo en sus edificios, sino en el Evangelio.

Las catedrales son extraordinarias. Los retablos, las imágenes, las vidrieras y cada piedra centenaria forman parte de un patrimonio irrepetible que merece ser conservado. Pero conviene recordar que todo ese patrimonio nació para glorificar a Dios, no para convertirse en un producto turístico. La Iglesia levantó catedrales para evangelizar, no para vender entradas; para acercar a los hombres a Cristo, no para que el acceso a su casa comenzara frente a una taquilla. Porque antes que monumentos fueron templos; antes que patrimonio fueron lugares de oración, y antes que destinos turísticos fueron la casa del Padre. Si algún día olvidamos ese orden, quizá conservemos impecables los muros, las bóvedas y los retablos, pero habremos empezado a perder aquello que realmente les dio sentido: el Evangelio. Y eso, precisamente en Sevilla, donde la fe forma parte de la identidad de un pueblo entero, tendría mucho más delito que en ningún otro lugar.

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Por Miguel Angel Jimenez

Miguel Ángel Jiménez es redactor y fundador de Sevilla Vibes, medio digital especializado en la actualidad de Sevilla. Cubre noticias de última hora, sucesos, cultura y temas de interés con un enfoque directo, claro y cercano.

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